Palmiro la cargó y la depositó en la cama de acompañante.
—Duerme. Yo me encargo de él.
Siendo así, Vilma no se hizo más de rogar. Se acomodó en la cama hasta encontrar una postura confortable.
—Entonces me duermo. Gracias por el esfuerzo.
—De acuerdo.
Palmiro respondió y se acostó con cuidado al lado de Nereo.
Sin tener que preocuparse por su hijo, Vilma se durmió profundamente en poco tiempo.
No importaba cuándo ni qué pasara, siempre que Palmiro estaba a su lado, se sentía increíblemente segura y tranquila.
La responsabilidad y el compromiso de este hombre no eran grandes palabras que salían de su boca, sino acciones concretas escondidas en cada detalle.
Era como una fortaleza sólida que, en silencio pero de manera integral, le ofrecía un refugio de paz.
***
A la mañana siguiente, llegaron los resultados de los análisis de Nereo.
Uriel, después de revisar el informe, se los explicó detalladamente: —Las células de leucemia han comenzado a multiplicarse masivamente de nuevo. La fiebre de esta vez fue una señal clara. Tenemos que empezar la segunda fase de quimioterapia. Por suerte, una compañía farmacéutica ha logrado nuevos avances en este campo. En un tiempo, cuando podamos usar el nuevo medicamento, quizás la situación mejore.
Vilma preguntó apresuradamente: —¿Ese nuevo medicamento puede curarlo por completo?
—Es difícil de decir. La situación de cada niño es diferente. Con el mismo medicamento y el mismo tratamiento, la absorción varía y los efectos pueden ser muy distintos.
La luz que acababa de encenderse en los ojos de Vilma se atenuó de nuevo al escuchar las palabras de Uriel.
—Señorita Aguayo, no se preocupe. En el hospital haremos todo lo posible para obtener los mejores resultados y ganar tiempo para el trasplante de médula del niño.
—De acuerdo, gracias, Uriel.
De vuelta en la habitación, Nereo ya estaba despierto y una enfermera le estaba haciendo una revisión básica.
Palmiro le preguntó: —Anoche no tuvo fiebre, así que su condición debería haberse estabilizado. ¿Vas a ir a trabajar hoy?

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