Palmiro observó la fotografía y, en su interior, ya estaba casi seguro: ellos eran los padres biológicos de Vilma.
A primera vista, Vilma se parecía mucho a la mujer de la foto.
Pero si se comparaban sus rasgos con los del hombre, se podía notar que las cejas y los ojos de Vilma también tenían un aire a los de él.
Era evidente que la niña había heredado características de ambos padres.
—Vilma, en el fondo ya tienes una idea, ¿verdad? —preguntó Palmiro en voz baja.
Vilma no respondió. Sus sentimientos eran aún más confusos que antes.
Cuando dejó sus huellas dactilares y su ADN en la comisaría, ya había considerado la posibilidad de haber sido abandonada.
De lo contrario, no entendía por qué nadie la había buscado en todos esos años.
Pensó que, si había sido abandonada, probablemente nunca encontraría a sus padres biológicos.
Últimamente, casi había olvidado el asunto por completo, sin darle más vueltas.
Pero nunca imaginó que sus padres biológicos aparecerían de una forma tan repentina.
—No sé qué hacer... —dijo Vilma.
—Si quieres conocer su situación, puedo enviar a alguien a Ciudad Brisamar para que investigue. Será rápido, en dos o tres días como mucho.
Vilma lo miró con desconcierto.
—Y si la investigación confirma que son mis padres biológicos, ¿entonces qué...?
Palmiro guardó silencio por un momento. Verla así le partía el corazón.
—Si realmente son tus padres biológicos, y quieres ir a verlos, iré contigo. Si no quieres verlos, simplemente haremos como si no supiéramos nada.
—¿Cómo podría...? —Vilma sabía muy bien que, una vez que supiera la verdad, le sería imposible actuar como si nada.
Palmiro la comprendía perfectamente.
Al verla tan indecisa, supo que en el fondo quería descubrir la verdad, y también quería conocerlos.
Solo temía que la verdad fuera insoportable, que su corazón se llenara de resentimiento.
Pero ni el mayor de los rencores podía contra los lazos de sangre.
Además, su situación ya era tan trágica que incluso parecía que les quedaba poco tiempo de vida.

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