¿Tus padres saben que fuiste a Ciudad Brisamar a recogerme? —preguntó Vilma con mucha seriedad, mirándolo fijamente.
Palmiro fue sincero: —No se los dije.
Antes de que Vilma pudiera responder, él se adelantó: —¿Aún piensas ocultárselo a ellos?
Vilma titubeó.
—¿Se te olvida? Hasta Nereo sabe que la abuela quiere que tengamos un bebé. ¿De verdad crees que puedes ocultárselo a ellos? —Palmiro enarcó una ceja con una media sonrisa.
Vilma frunció el ceño, sin saber cómo describir lo que sentía.
Ya había aceptado a Poncio y Manuela como sus padrinos, y ahora estaba involucrándose con Palmiro. ¿Cómo se vería eso si se supiera?
—Vamos, Nereo te está esperando en casa —dijo Palmiro, rodeándola con un brazo y guiándola hacia la salida de la estación.
Efectivamente, cuando el chofer de la mansión los vio llegar juntos, su expresión era tranquila, sin el menor atisbo de sorpresa.
Palmiro acompañó personalmente a Vilma hasta el auto y le pidió al chofer que condujera con cuidado y despacio.
—Bueno, ya puedes irte. Si necesitas algo, llámame —dijo Palmiro, cerrando la puerta del auto.
Vilma se sorprendió un poco.
Había pensado que él intentaría ponerse cariñoso antes de despedirse.
Pero, pensándolo bien, Palmiro no era de los que hacían ese tipo de demostraciones superficiales.
El beso apasionado en el auto la noche anterior había ocurrido en la oscuridad de la madrugada, en una ciudad lejana, y solo estaban ellos dos.
Pero ahora, además de Iker, estaban los choferes de ambos y los pasajeros que iban y venían.
Con una personalidad tan seria y un carácter tan estricto como el suyo, era impensable que se pusiera todo empalagoso en público y dañara su imagen.
—Claro, ve a tus asuntos. Adiós —dijo Vilma, despidiéndose con la mano a través de la ventanilla que había bajado.
El auto arrancó y él se dio la vuelta para marcharse.

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