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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 234

El tiempo pasó en silencio hasta que alguien llamó a la puerta de la habitación y un empleado entró con una hielera térmica.

—Señor Carmona, la cena.

Palmiro asintió. —Ponla sobre la mesa.

Se levantó, abrió la hielera y sacó los recipientes uno por uno.

La comida estaba caliente y humeante, y el aroma pronto impregnó el aire.

Al ver que su hijo dormía profundamente, Vilma se levantó y se acercó a Palmiro.

Miró al hombre en silencio, apretando ligeramente los labios mientras el recuerdo del apasionado beso del mediodía volvía a su mente.

—Come mientras está caliente —dijo Palmiro, colocando los recipientes y entregándole personalmente los cubiertos.

Vilma susurró un «gracias» y se sentó a comer.

Palmiro seguía sin irse. Cruzó sus largas piernas y la observó con toda la calma del mundo.

Su mirada la incomodaba, así que Vilma levantó la vista y preguntó: —¿Tú… quieres un poco?

Palmiro esbozó una leve sonrisa. —Pensé que no me dirigirías la palabra en toda la noche.

Vilma se quedó sin palabras.

¿Acaso la estaba mirando con tanta insistencia solo para que le preguntara si quería comer?

Al ver que ella volvía a poner mala cara, Palmiro se enderezó y dijo con un tono condescendiente: —Está bien, como te veo comiendo tan sola y triste, haré el sacrificio de acompañarte.

Vilma frunció el ceño, incrédula.

Incapaz de soportarlo más, replicó directamente: —Pues no tienes que hacer ningún sacrificio. Disfruto mucho la tranquilidad de comer sola.

Palmiro sonrió. —Yo pagué esta comida, así que voy a comer sí o sí.

—Entonces no digas que es para acompañarme.

Palmiro fijó su mirada en el rostro de ella y, tras observarla un momento, frunció ligeramente el ceño—. ¿Sigues enojada?

Era evidente que se refería al beso forzado del mediodía.

El corazón de Vilma se aceleró y sus mejillas se sonrojaron.

Sin levantar la vista, respondió en voz baja: —¿No debería estarlo? Fue una falta de respeto.

Palmiro la miró en silencio durante unos segundos y de repente tomó dos bolsas de compras bastante lujosas que estaban en el suelo junto al sofá.

Las colocó a sus pies.

—Ya no te enojes. Considéralo mi disculpa —dijo, dejando las bolsas y volviendo a su comida.

Vilma giró un poco la cabeza para mirar a sus pies. —¿Qué es esto?

—¿Por qué no lo abres y lo averiguas?

Vilma dejó los cubiertos y tomó las bolsas.

Ni siquiera tuvo que abrirlas; con solo ver el logotipo en las cajas, se quedó atónita.

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