Vilma intentó justificar su «torpeza» para salvar un poco su orgullo.
Pero Palmiro la miró con frialdad y le espetó con sarcasmo: —En fin, eres un caso perdido.
¿Acaso él, el gran Palmiro, necesitaba que alguien le invitara a comer? ¿Y menos aún aceptar la invitación de un funcionario del Registro Civil?
Vilma cayó en la cuenta: Palmiro había rechazado la invitación del supervisor probablemente porque quería que fuera ella quien lo invitara, pero su cerebro había hecho cortocircuito y no lo había entendido.
Al final, tuvo que ser el propio Palmiro quien se lo insinuara.
¡Qué tonta era!
Cuanto más lo pensaba, más avergonzada se sentía, hasta el punto de no atreverse a mirarlo a los ojos.
Pero ahora que lo había entendido, tomó la iniciativa de inmediato. —¿Y qué te apetece comer? ¿Comida local o algo especial?
Palmiro, ya irritado por la situación, había perdido el apetito y no se molestó en responder.
Sin embargo, Vilma ya había aprendido la lección.
Al ver a Iker bajar para abrir la puerta del coche, esperó a que Palmiro se sentara y aprovechó para preguntarle rápidamente a Iker: —¿A qué restaurante le gusta ir a tu jefe normalmente?
Iker arqueó una ceja, algo sorprendido. —¿La señorita Aguayo va a invitar a comer al jefe?
—Sí. Llévanos directamente a su restaurante favorito.
Una vez dado el encargo a Iker, Vilma subió al coche.
Palmiro mantenía una expresión fría, como si no quisiera dirigirle la palabra.
Vilma, por su parte, se sentía demasiado avergonzada para saber qué hacer.
No obstante, el hecho de que Palmiro aún estuviera dispuesto a que le invitara a comer significaba que no la rechazaba del todo, ¿verdad?
Eso la hizo sentirse un poco mejor.
Aunque seguía sin entender el motivo de sus cambios de humor, se alegraba en secreto de que, al menos por ahora, él estuviera dispuesto a pasar tiempo con ella.
Tras un momento de silencio, Vilma buscó un tema de conversación. —En realidad, tampoco es del todo correcto que Nereo lleve mi apellido.
Palmiro la miró.

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