Al día siguiente era sábado. Aunque Vilma aún no se había recuperado de su lesión en la cintura, se levantó temprano.
El día anterior, Palmiro le había dicho que debían mudarse lo antes posible para poner la casa en venta.
Se disponía a encargarse de ello.
Sin embargo, para su sorpresa, a primera hora de la mañana recibió una llamada de Fiona, la asistente ejecutiva de Palmiro.
—Señorita Aguayo, el abogado Carmona me ha indicado que no es necesario que venga. He traído personal y me coordinaré con la empresa de mudanzas. Usted solo tiene que ir directamente a la villa —le dijo Fiona, muy cortés, como si Vilma ya fuera la señora de la casa.
Vilma se sintió muy apenada.
Su relación con Palmiro era un tanto incómoda; eran medio parientes. Y ahora, con el nuevo lazo, se habían convertido en hermanos adoptivos.
—Prefiero ir. Tengo un niño pequeño y las cosas están un poco desordenadas —dijo Vilma, sintiéndose incómoda con la idea de que otros empacaran su ropa y objetos personales.
—No se preocupe —respondió Fiona, siempre educada—. Contamos con organizadores profesionales. Palmiro me dijo que su cintura no está bien y que no puede agacharse para hacer esas tareas.
Vilma se quedó asombrada. No esperaba que Palmiro fuera tan meticuloso.
Además, al darle esas instrucciones a su secretaria, ¿no le preocupaba que se malinterpretara su relación?
Considerando que su cintura realmente no le permitía hacer nada, Vilma dejó de lado la vergüenza. —De acuerdo, entonces. Muchas gracias por las molestias.
—No es ninguna molestia, señorita Aguayo.
La cerradura de su casa era de huella digital y tenía una contraseña.
Vilma le dio la contraseña a Fiona y se quedó tranquila en el hospital con su hijo, planeando ir a la villa más tarde.
Pensaba que la mudanza transcurriría sin problemas, pero media hora después, Fiona volvió a llamar.
—Señorita Aguayo, hay gente viviendo en su casa y no permiten que entre la empresa de mudanzas —dijo Fiona con voz apurada.
Vilma estaba bajando con Nereo a tomar un poco de sol y se quedó de piedra al oírlo. —¿Gente en mi casa? ¿Quién?
Al otro lado de la línea, Fiona miraba al hombre y a la mujer que tenía delante. Antes de que pudiera decir nada, Jenaro Zurita gritó: —¡Estoy en la casa de mi hijo, es mi derecho! ¡A ver quién se atreve a echarme!
Incluso a través del teléfono, Vilma pudo oír el rugido arrogante y se quedó en shock.
—Señorita Aguayo, creo que es su exsuegro. También está su hija, y en el salón hay otra mujer con una niña pequeña —explicó Fiona.
Al oír esto, el rostro de Vilma se endureció.

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