Facundo levantó la vista.
—¿Qué quieres decir? ¿También quieren quitarme mi empresa?
—No quiero tu empresa —dijo Vilma—, pero Palmiro ya investigó su valor de mercado. Te dejaré el capital para que sigas operando, pero quiero la mitad de su valor.
—Eso serían unos cincuenta millones —añadió Palmiro.
Odilia abrió los ojos como platos y no pudo contenerse.
—¡Vilma, eres una abusiva! ¡No te conformas con todos los bienes de la familia, y ahora también quieres la mitad de la empresa!
—Si no quieren dar el dinero, podemos optar por una división de acciones, pero eso sería muy perjudicial para una futura salida a bolsa de la empresa. Piénsenlo bien —advirtió Palmiro.
Facundo no dijo nada. Se giró para mirar a Ireneo.
Ireneo miró de reojo a Palmiro, se acercó a Facundo y le dijo en voz baja:
—Lo que dice es verdad. En una situación como la suya, incluso en un tribunal, el juez le otorgaría a la demandante una parte de las acciones. Es mejor pagarle para resolverlo de una vez por todas.
Jenaro golpeó la mesa.
—Carajo, ¡de dónde salió este abogado de pacotilla? ¡Parece un estafador! ¿A quién estás ayudando?
Ireneo suspiró.
—Señor, con el desastre que tiene su hijo, nadie podría hacer milagros. ¿Tiene idea de cuántas leyes ha infringido?
Desde que Ireneo tomó el caso, había investigado un poco. Descubrió que Facundo no solo había cometido adulterio y posible abandono, sino que también había transferido bienes conyugales, tenía problemas de evasión fiscal en la empresa y, ahora, violencia doméstica... Con tantos cargos en su contra, en manos de Palmiro, lo destrozarían hasta no dejar ni el polvo.
Facundo levantó la mano para calmar a su padre y le indicó que se sentara.

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