LILIANA CASTILLO
Su cuerpo se apoyó por completo en el mío, sin aplastarme, solo cubriéndome con su calor. Sus labios se movieron con los míos, al principio de manera lenta, pero poco a poco el beso se volvió hambriento y… debo de admitir que también algo cambió en mí, mi cuerpo se relajó, mi deseo aumentó y mi miedo se esfumó.
De pronto me encontré confiando en él.
¿Debía de sentirme culpable por estar disfrutando esto? Tal vez, porque no estaba aquí para gozar, no con Javier, no bajo estas circunstancias. Estaba aquí para matarlo no para intimar y, aun así, disfruté cada sensación, cada caricia y la manera en la que su boca jugueteaba con mi piel.
—Perdón… —susurró en un jadeo en mi oído. Antes de que pudiera preguntar, lo sentí entrando en mí. Jalé aire y me aferré a su cuerpo con todas mis fuerzas. Noté que estaba esforzándose por mantener la calma y no dejarse llevar por sus impulsos, pero poco a poco estos lo iban dominando, haciendo que cada embestida fuera más fuerte.
El dolor me paralizó desde la cintura para abajo, como si de pronto cada músculo se acalambrara, incluso los que no sabía que existían. Escondí mi rostro en la cuna de su cuello y encajé mis uñas en su espalda, tolerando el dolor, que lentamente se fue disolviendo conforme el calor entre mis piernas aumentaba, hasta que me encontré jadeando de placer, aún con un par de lágrimas cayendo por mis mejillas.
Esa noche me hizo suya hasta que mi cuerpo se rindió. Su herida en el pecho se abrió, pero no fue motivo suficiente para que se detuviera. Ya no sabía si la sangre en las sábanas era suya o mía y no me importó. Pasó de tomarme con gentileza a volverse cada vez más bestial y dominante, hasta el punto de asustarme por la manera tan brusca en la que me sujetaba, pero al mismo tiempo no deseaba que se detuviera. Una vez superado el dolor, me volví desesperada por sus besos y sus caricias, era como si su cuerpo y el mío ya se conocieran y embonaran a la perfección.
No supe en qué momento caí rendida, inconsciente por el cansancio y el sueño, pero cuando abrí los ojos estaba descansando sobre su pecho, que se movía suavemente con cada respiración. Levanté la cabeza para verlo dormir. Parecía inofensivo, un hombre diferente al que había matado a Rita de manera sanguinaria enfrente de todos.
Apreté los labios y me removí en la cama despacio, sin intenciones de levantarlo. Giré con el cuerpo adolorido y estiré mi mano, metiéndola debajo del colchón sin poder separar los ojos de él. Noté que mi ausencia lo hizo fruncir el ceño entre sueños y sus manos comenzaron a buscarme. Cuando regresé a su lado, de nuevo pudo descansar, como si mi calor fuera suficiente para consolarlo.
Abrí mi navaja y la apoyé sobre su cuello. Solo necesitaba un movimiento limpio y profundo y acabaría con Javier.
No solía mancharme las manos. Mi estilo era más de dejar que entre ellos se mataran, pero era una oportunidad única y Javier no era el primer hombre al que le quitaba la vida. Tenía que aprovechar su vulnerabilidad, sería rápido, solo tenía que encajar la punta en su yugular, ya podía verla palpitando contra el acero.
Me lamí los labios y cerré los ojos antes de alejar la navaja de su piel.
Sin importarle el filo de mi cuchillo, se inclinó hacia mí al mismo tiempo que enredaba sus dedos en mis cabellos. Buscaba mi boca y de pronto sentí pánico por cortarlo, así que lancé el cuchillo lejos de él antes de recibir su beso.
Estaba impactada, sin cerrar los ojos, sintiendo la caricia de sus labios en los míos, y poco a poco, como si su saliva fuera un sedante, mi cuerpo se relajó, mis músculos se destensaron y el ataque de pánico que comenzó a torturarme se evaporó de mi piel.
Cuando me di cuenta estaba de regreso sobre el colchón, con Javier encima de mí, cubriéndome con su cuerpo, protegiéndome del frío. Una vez tranquila, Javier se separó lo suficiente para verme a los ojos.
—Gracias por no matarme en nuestra primera noche juntos —susurró mientras su pulgar se deslizaba por mi labio inferior—. Supongo que hice un buen trabajo.
Abrí los ojos con sorpresa mientras él esbozaba una sonrisa que me pareció perfecta y nueva. Mi corazón se aceleró y me culpé por eso.

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