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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 159

JULIA RODRÍGUEZ

—No lo sé… supongo que tienes razón. Rafael no se merecía todas las oportunidades que le dio Alondra, y tú no le quieres dar ni una sola a Matthew, aunque no sea tan malo como Rafael —contestó Liliana sin voltearme a ver, como si supiera lo que provocaría en mí con sus palabras.

Me quedé en silencio, intentando decidir si sería prudente discutir con ella, pero preferí entrar a la casa para regresarle su teléfono a Matt, y dar el tema por terminado. El eco de mis pasos resonaba. El lugar no parecía tener ni una sola alma. No había nada de servidumbre y era una casa muy grande, había comenzado a acumular polvo.

Llegué hasta el despacho de Matt, la puerta estaba entreabierta, entonces mi corazón se detuvo. Vi a esa rubia, la misma del hospital, refugiada entre los brazos de Matthew mientras este acariciaba su cabello.

Contuve el aliento y no supe si entrar o simplemente desaparecer sin que se dieran cuenta de que yo estaba ahí, pero la mirada de Matt fue más rápida al descubrirme. Sin dejar de abrazar a esa chica, volteó hacia mí con curiosidad.

—¿Todo bien? —preguntó mientras yo fingía que no me importaba ver a esa chica aún abrazándolo.

—Sí, aquí está tu teléfono —contesté estirándolo hacia él. En cuanto lo tomó sus dedos acariciaron sutilmente los míos, erizando mi piel, pero cuando busqué alguna reacción en su rostro, parecía sereno, ecuánime, como si de pronto él dejara de sentir lo mismo que yo—. Gracias.

—Rita, ¿nos puedes dar un momento? —preguntó Matthew tomándola por los hombros y ella sonrió como una colegiala enamorada antes de asentir.

—Claro, estaré en la sala —contestó con voz suave y complaciente. Pensé que su gesto cambiaría al hacer contacto visual conmigo, pero nada pasó, sostuvo su sonrisa y se despidió de mí con una ligera reverencia. No había veneno ni malas intenciones, por lo menos no de manera aparente.

Era como si de pronto ella supiera que había ganado y ya no valía la pena perder el tiempo enojándose conmigo.

—¿Todo bien? —preguntó Matthew señalando el asiento frente al escritorio, invitándome a sentarme.

No, nada estaba bien, me sentía cada vez peor. ¿Me estaba arrepintiendo de alejarlo para siempre de mi vida, de no darnos una segunda oportunidad? Apreté los labios y negué con la cabeza, sin saber qué decirle.

***

SANTIAGO CASTAÑEDA

—Tenemos que ir a un lugar seguro, las cosas andan muy calientes por aquí —dije mientras llevaba a Alex de la mano, sacándola del hospital.

Entonces pasó lo que tenía que pasar. No supe quién había soltado el primer golpe, lo único que sabía era que estábamos agarrándonos a puños en el estacionamiento. Mis sentidos estaban dominados por la pelea. Mis oídos zumbaban y veía rojo. Sus nudillos se encajaron en mi carne, haciendo crujir mis huesos, pero el dolor no fue suficiente para detenerme.

Había mucho, demasiado, más de lo que me gustaba admitir. No solo lo estaba golpeando por viejos resentimientos, estaba sacando años de frustración, la infidelidad de mi padre, el dolor de mi madre, tener que lidiar con Carmen y su bastardo, perder a mi mamá de esa forma, sentirme débil y sin querer levantar los puños y al mismo tiempo haciéndolo porque esto todavía no acababa, porque aún tenía gente a la que amaba y debía proteger.

Grité lleno de rabia y seguí golpeando a Matt aunque mis músculos ya estaban cansados y mis golpes se estaban volviendo flojos y torpes. Cuando estaba agotado y sentí que ya no podía más, me di cuenta. En algún momento Matt había dejado de golpearme y solo se había quedado ahí, recibiendo como si fuera un saco de box. Levanté la mirada hacia su rostro, tenía la ceja y el labio roto, pero su mirada era serena.

Retrocedí confundido, con una mezcla de emociones que no sabía cómo procesar. Ni siquiera sabía si estaba furioso, triste o asustado. Solo… existía como una clase de caos contenido por piel y huesos.

—Me dijo Julia todo —dijo limpiándose la sangre de la boca con el dorso de su mano—. Me dijo lo de tu madre. Lo lamento.

Me quedé como estúpido viéndolo fijamente, sin entender nada, con el cerebro en blanco y el pecho con tanta presión que sentía que me explotaría.

—Gracias a tu madre tengo esperanzas de recuperar a Mateo, abogó por mí cuando no era su responsabilidad, pidió piedad ante Julia y ahora creo que, si bien nunca recuperaré a mi esposa, si puedo ser un buen padre para mis hijos, todo gracias a ella —dijo con un suspiro antes de recargarse en el auto—. En verdad, lo siento mucho.

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